El sueño de Leibniz

Juan Arnau, el autor de este bello libro, es un experto en filosofía oriental, pues ha traducido del sánscrito algunos textos fundamentales del hinduismo y también es un conocedor de la religión budista, de la que ha traducido el pensamiento de Nagarjuna. También es astrofísico, pero como todo buen científico, su base es metafísica ante todo. Este libro, que expone la filosofía de Leibniz a través de sus supuestos cuadernos, es el último de la colección de pensadores occidentales, editado en 2019 y que culmina la trilogía de el efecto Berkeley y el cristal de Spinoza. También reseñaré esos libros que me han parecido amenísimos y unos buenos resúmenes de las doctrinas de dichos pensadores. Leibniz es quizás el mayor y último genio que tocó todas las materias antes de que el conocimiento y las ciencias se especializasen tanto que ya sería imposible abarcar todo el dominio y campo del conocimiento. En esto es similar a Leonardo da Vinci, aunque Leibniz no fue un artista, sino un matemático de primer orden, un físico, un filósofo, un historiador y un jurista. Readmitió la tesis de las formas substanciales de los escolásticos, pues no le convencía la opinión de que la materia fuera meramente extensión, como afirmó Descartes. Descubrió de forma independiente el cálculo infinitesimal, que Newton había realizado en Inglaterra unos años antes, pero el primero en publicar sus resultados fue el pensador alemán. Para Leibniz, las mónadas son los componentes últimos del universo, átomos espiritualizados, que representa cada uno la totalidad del universo a su manera. Leibniz las define como autómatas incorpóreos. A diferencia de Spinoza, que sostiene que Dios es la única sustancia del universo y que nosotros somos accidentes o modos de la sustancia divina, el pensador alemán defiende la pluralidad de sustancias. El tiempo y el espacio son órdenes, no entes en sí mismos, como defendía Newton. Hacer del tiempo y el espacio absolutos entes objetivos sólo conduce a contradicciones insolubles. O bien se hacen eternos e infinitos dos sustancias que se asemejan a Dios, o bien Dios depende de estas dos sustancias. El mundo que existe es el mejor de los mundos posibles, que Dios ha elegido según el principio de perfección. Por qué existe el mal en el mundo aun siendo este el mejor de los mundos posibles, es algo que Voltaire le achacaría en su famosa novela Cándido. Lo cierto es que este no puede ser el mejor de los mundos posibles, sino el peor, como diría Schopenhauer, pues está lleno de dolor, miseria y sufrimiento. De hecho, no sabemos por qué existe algo y no más bien la nada, que sería más perfecta. Paul Valery, en su poema esbozo de una serpiente, alega que el universo es un error, allá en la pureza del no ser. La filosofía occidental alega que Dios es el ser absoluto. Las filosofías orientales defienden que todo es una ilusión de nuestros sentidos, o el sueño de Brahman, que se despierta cada 4300 millones de años. Leibniz intentó conciliar la filosofía europea con lo poco que en su tiempo se sabía de la filosofía china, donde los jesuitas intentaban evangelizar a los no cristianos. De todos los filósofos que he leído, siento devoción por Leibniz, pero también por Schopenhauer, cosa harto extraña ya que sus sistemas son antitéticos e irreconciliables.

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