Ensayos de crítica

Matthew Arnold es un autor poco conocido por el público español. La crítica lo suele colocar como el tercer poeta de la edad victoriana, después de Tennyson y Browning. Lo cierto es que Arnold destacó sobre todo por su obra crítica, que es la que voy a reseñar, que por su poesía. No digo que no tenga poemas admirables, como el magnífico Dover Beach, un mensaje de un mundo donde Dios está ausente y el ateísmo ya existe como forma de pensamiento frente al cristianismo que empieza a morir en el siglo XIX, con autores como Nerval, Lamartine, Vigny o Jean Paul Richter. Para Arnold la religión es tan solo una especie de emoción del sujeto que la siente, pero como dijo Schopenhauer, la fe, al igual que el amor no se puede imponer. En estos ensayos de crítica, prologados por el maestro de la escritura Chesterton, se ve la capacidad de Arnold en su análisis de la literatura y de la religión. El primer ensayo versa sobre la función de la crítica en su época, pero se retrotrae a críticos anteriores y de otras literaturas. Así, la crítica para Arnold está por debajo de la creación y puede ser muy dañiña. Según sus palabras, Wordswroth, al que tanto admiraba, y del que se sentía una especie de seguidor, dejó una obra crítica admirable pero algo escasa. Goethe, por su parte, escribió mucha obra crítica. Arnold echa en cara que Wordsworth se ría de Goethe por leer tanto, pero es que Wordsworth tenía en poca estima al genio alemán. Shelley y Coleridge leyeron muchísimo mientras que Shakespeare no era un lector asiduo. Como dijo Ben Jonson, tenía poco latín y menos griego, pero se trata del mejor conocedor de la naturaleza humana que ha dado la literatura, aunque Byron lo denostara y prefiriera el ingenio de Pope. Para Arnold los franceses destacan por su obra en prosa, mientras que el pueblo inglés lo hace por su obra poética. Pero para nuestro autor tanto Dryden como Pope eran maestros de la prosa y no de la poesía, aunque se trate de los dos grandes poetas de su época. Es interesante su ensayo sobre la obra del poeta alemán Heine, ese eterno enfermo que nos dejó versos que igualan a los de Goethe y Schiller y que son perfectos para iniciarse en el conocimiento de la lengua alemana, como hiciera Borges. El ensayo sobre los persas es un tanto aburrido, por dedicar muchas páginas a la historia de este pueblo, sobre todo sacadas del gran historiador Gibbon. El ensayo sobre Spinoza tal vez sea el más interesante de cuantos componen el libro. Este judío sefardí fue expulsado de la sinagoga por no tener la misma concepción de la divinidad que los rabinos de su comunidad. Para Spinoza Dios es una sustancia infinita que se expresa en infinitos atributos de infinitos modos, cabe decir, que Dios o la Naturaleza son inagotables en cuanto a posibilidades. El libro se cierra con un estudio de la obra de Tolstoi Anna Karenina, que Arnold considera superior a su otra gran novela guerra y paz. Coincido en esto con la opinión de Arnold, pues sentí mucho mejor la historia de amor entre Anna y el conde Vronski que las historias de las guerras napoleónicas.

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