Voltaire

 

No hay ni un solo día en que no nos acordemos del término optimismo. Bien es sabido que Voltaire lo empleó en su obra Cándido (1759) cuyo subtítulo es el optimismo. Francois-Marie Arouet, más conocido como Voltaire, quiso satirizar en esa obra la filosofía optimista del filósofo alemán Leibniz. Éste, como el lector bien sabrá, había declarado en su teodicea, que vivimos en el mejor de los mundos posibles. Voltaire no podía compartir esta opinión tras lo sucedido en el terremoto de Lisboa, donde más de 50.000 almas dejaron la vida. El problema del mal acechaba sus pensamientos. Lactancio, ese Cicerón cristiano como lo denominó Pico Della Mirandola, en sus instituciones divinas, hace decir por boca de Epicuro: ¿de dónde viene el mal? Si Dios lo quiere y lo puede evitar no es bondadoso, sino un ser tiránico. Si quiere eliminarlo pero no puede, no es omnipotente. Si puede y no quiere eliminarlo, es un ser malvado. Si quiere y puede eliminarlo, ¿de dónde proviene pues el mal? Los gnósticos explicaron la naturaleza del mal poniendo en ángeles subalternos la tarea de la creación, que salió deficiente. Platón dice en su obra Timeo que Dios geometriza, pero la creación del universo fue dada a los dioses subalternos. Plotino establece el principio del mal en la materia, no ser privado de luz y de razón y sombra del ser verdadero. Leibniz establece el mal en las formas sustanciales mismas o en las esencias, ya que la materia prima es indeterminada y no tendría preferencia a ser buena o mala. Voltaire sostiene que la existencia de un orden no implica que Dios sea todopoderoso o que la materia haya salido de la nada, sino que hay un diseño inteligente. Y en este creía Voltaire, en el gran Arquitecto del universo, en una mente eterna que ha dado unas leyes inmutables al universo. El Dios de Aristóteles, acto puro, no ha creado el mundo ni lo conoce. Es pensamiento del pensamiento, autointelección eterna que mueve al universo como ser amado, movido por el deseo. ¿Qué movió a Dios a crear el ser a partir de la nada? o como Leibniz se pregunta, la pregunta fundamental de la metafísica tal vez. ¿Por qué existe el ser y no más bien la nada? Dios ha comunicado el ser por amor a sus criaturas, explicarán los teólogos. Dice San Agustín, todo lo que es, es bueno. Uno, verdadero y bueno son los trascendentales del ser que sobrepasan a las diez categorías aristótelicas. Pero como muy bien hace anotar Plotino, preguntar por qué existe el universo, es lo mismo que preguntar por qué hay alma. Así pasamos de la objetividad del mundo a la subjetividad del alma.

 

 

Voltaire fue un fiel seguidor de las doctrinas de Locke, filósofo empirista cuyo adagio consiste en que no existen las ideas innatas. Defensor a ultranza de la obra de Newton, Voltaire intentará acabar con todos los restos de cartesianismo existentes en Francia, entre los que se encuentra Fontenelle. ¿Qué es el alma? Para Platón el alma es el ser verdadero que trasciende a la muerte y que está en conexión con la realidad verdadera, con el mundo de las ideas, un compuesto de lo mismo y de lo otro. Para Aristóteles, el alma es la forma sustancial del cuerpo que tiene la vida en potencia, pero no sobrevive a la muerte. Sólo el intelecto agente, inmaterial, es eterno. Al morir muere nuestra individualidad y conciencia y nos fundimos con la divinidad. Algo parecido debió de sostener Spinoza, para quien Dios es una sustancia de infinitos atributos entendidos de infinitos modos. Nosotros sólo somos pensamiento y extensión, o lo que es lo mismo, tiempo y espacio, pero estos dos modos también pertenecen a Dios. Pomponazzi declaró la mortalidad del alma. Descartes define el alma como una sustancia cuya esencia consiste en pensar, y que no deja de pensar ni aun cuando sueña. Leibniz define el alma como mónada, sustancia espiritual que contiene todo lo que ha ocurrido y lo que ocurrirá en el universo. Es obvio que los padres de la Iglesia tienen diferentes concepciones acerca del alma. Unos la hacen salir de la sustancia de Dios, otros dicen que ha salido del gran todo, otros que existe desde toda la eternidad. Y casi todos hablan de la materialidad del alma. Tertuliano, en su tratado sobre el alma, dice que ésta es material. Santo Tomás, el doctor angélico, habla de que el alma es una forma subsistente per se.

 

La Biblia no habla en ningún momento de la inmortalidad del alma. En Eclesiastés (3, 19-22) se habla de la semejanza al morir entre el animal y el hombre. No hay un más allá. Los judíos no enseñaron una doctrina de recompensas y castigos, aparte que esto contradice las Escrituras, pues el “que ha muerto, ha sido absuelto de su pecado” Romanos (6,7).

 

En el final de Cándido, Voltaire dice: “pero tenemos que cultivar nuestro huerto”. Esta frase nos sugiere que debemos encontrar nuestra propia felicidad. Esa frase “es la mayor lección moral que exista” le escribió Flaubert a Edmond de Goncourt. Sólo podemos confiar en nosotros mismos. Voltaire estuvo en Inglaterra. Conoció a Pope, y seguramente también a Swift. Fue muy crítico con la obra de Shakespeare. Posteriormente esto haría que Wieland declarase que Voltaire se había degradado de muchas maneras y sobre todo al tratar la obra de Shakespeare.

 

 

Voltaire fue injustamente tildado de ateo, pero su obra hace ver que era un fiel creyente en el Dios cristiano. A diferencia de Diderot, declarado ateo, Voltaire creía en un orden establecido por la divinidad. Sócrates fue acusado de ateísmo y fue Aristófanes quien se encargó de que éste fuera visto como un ateo.[1]También Vanini fue tildado de ateo por declarar la existencia eterna de la materia y el eterno retorno. Giordano Bruno fue quemado por la inquisición por defender la tesis de que el universo es infinito y consta de infinitos mundos, pues el poder infinito de Dios ha debido crear infinitas obras.

 

Desgraciadamente Voltaire, como Robert Burton o sir Thomas Browne, es más citado que leído. Sus cuentos son admirables. En materia de filosofía destacan sus cartas filosóficas y su diccionario filosófico. Tal vez el mayor ejemplo de la influencia de Voltaire en la literatura con su tesis de que todo está bien se encuentre en Browning, con sus preñadas palabras finales del poema Pippa passes: “God´s in his heaven, all´s right with the world[2]

 

 

Voltaire murió en 1778. Más de doscientos años han pasado de la muerte del escritor, pero sus obras siguen siendo un ejemplo de tolerancia y respeto. Como Quevedo, como Goethe, como Shakespeare, como Dante, Voltaire es menos un escritor que una compleja y vasta literatura en sí misma.

1 Madame Blavatsky, en su obra, Isis sin velo, afirma que Sócrates creía en el Demiurgo y que enseñaba que el dios Dinos había creado el sistema solar. Por esto fue tildado de ateo, al no creer en los dioses comunes.

2 Dios está en su cielo. Toda va bien en el mundo.

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