Del mundo cerrado al universo infinito

Este ensayo sobre la evolución de la cosmología durante los siglos XVI y XVII es un clásico de referencia obligada. Su autor, Alexandre Koyré, fue historiador de la ciencia y especialista en la obra de Galileo. En sus bellas páginas percibimos cómo se pasó de un universo finito, jerarquizado, donde las esferas celestes delimitaban el límite del cosmos, a un universo infinito y homogéneo en todas sus partes. El cardenal Nicolás de Cusa es el primer precursor de este cambio. En su obra la docta ignorancia sostiene que la tierra no puede ser el centro del universo, porque éste carece de límites. Es un preludio del espacio infinito de las estrellas celestes. Thomas Digges establecería la infinitud de estas estrellas. Kepler refutaría con su lógica el espacio infinito entre las estrellas y volvería a la finitud del universo, porque si el universo es infinito, cada punto del espacio puede ser el centro de éste. Giordano Bruno defendería con uñas y dientes la idea de un universo infinito, poblado de estrellas y planetas y mundos habitados. Sería ilógico que Dios sólo hubiera creado la vida en la tierra, dejando despoblado el resto del cosmos. Según la tesis y el pensamiento de Lovejoy, esto es un ejemplo del principio de plenitud. Todo lo que es posible existe en la realidad y se realiza. El espacio está lleno de materia y de vida. Descartes identifica espacio con extensión, que es el principal atributo de la materia. No puede existir el espacio vacío porque es una contradicción en los términos, y no puede haber propiedades de la nada. Henry More entabló correspondencia con Descartes y sostuvo la existencia del espacio vacío de cuerpos, pero no de Dios. El espíritu también es extenso en cierta manera y está ubicado en algún lugar. Newton defiende la idea de espacio y tiempo absolutos como entidades propias sin relación con nada externo. Joseph Raphson llegó a divinizar el espacio. Los atributos divinos se corresponden con los espaciales. Eterno, indivisible, acto puro, etc. Newton llegó a denominar al espacio absoluto el sensorio de Dios, a través del cual percibe las cosas. En su polémica con el discípulo de Newton, Clarke, Leibniz arguyó que el espacio absoluto como entidad en sí misma no podía existir. El espacio no existe fuera de los cuerpos como el tiempo no existe fuera de los cambios. El espacio es la coexistencia de los cuerpos, situados de determinada manera, y el tiempo es el orden de los cambios sucesivos. Para Newton, la existencia de Dios implica necesariamente la existencia de tiempo y espacio. Para Leibniz son tan sólo conceptos ideales, fundados en la razón de las cosas. Según Leibniz, según el principio de razón suficiente, si los instantes son iguales unos a otros, Dios no tendría una razón suficiente para crear en un instante más bien que en otro, y por lo tanto no habría creado el universo. Para Newton, pueden existir instantes idénticos, pero que Dios decida crear en uno u otro instante depende de la voluntad divina. De lo contrario someteríamos a Dios a la necesidad y al hado.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s