Lovecraft

Michel Houellebecq es el autor que nos descifra en este fantástico libro los secretos de la vida y la obra de H.P. Lovecraft. Aclamado y venerado por sus seguidores, criticado por otros, Lovecraft es un autor que no deja indiferente al lector medio. Heredero de la tradición de Poe, continuó creando un mundo de espantos que el maestro ya había esbozado. Nacido en Providence en 1890, ya desde niño destacó por su precocidad intelectual, leyendo todo lo que caía en sus manos de la biblioteca de su abuelo. Llegó a casarse y a residir en Nueva York durante una temporada, lo que le cambiaría por completo en su visión de las cosas y en el enfoque que le daría a su obra posterior. Como Schopenhauer, podemos definir a Lovecraft como un pesimista. Defensor de un materialismo ateo, Dios no tiene cabida en sus páginas. Sabemos por su correspondencia que le gustaba el siglo XVIII, la edad de la Razón en la que se negó a Dios por primera vez. Para Lovecraft, el universo es fruto de las leyes mecánicas que se rigen por el simple azar. Como Epicuro, los dioses no intervienen en el destino humano. Lovecraft no deja lugar a la magia de la imaginación; los dioses de su panteón son tan sólo invenciones de su imaginación humana, sin que haya la más remota posibilidad de que existan. Lovecraft tiene una visión pesimista de la realidad; el universo está en decadencia, y la raza humana desaparecerá; vendrán otras razas que desaparecerán a su vez, hasta que el universo se hunda en el abismo. De sus maestros literarios (Machen, Blackwood, Dunsany) Lovecraft extrae la manera de narrar, pero la exaltación de las situaciones de horror a las que llegan sus protagonistas es muy superior a las descritas por otros escritores del género, como Derleth o E. Howard. Creador de los mitos de Cthulu, ha pasado a la posteridad por sus relatos como en las montañas de la locura, la sombra sobre Innsmouth o Dagón. Uno de los puntos clave de su escritura es el racismo. Lovecraft se consideraba superior por ser un anglosajón blanco y en sus relatos describe a los miembros de la raza negra como podredumbre y horror. De hecho se basó en sus experiencias personales durante su estancia en Nueva York para describir algunos ambientes lóbregos. En sus narraciones hay dos cosas que no aparecen nunca. Ni el sexo ni el dinero. No importa la vida sexual del protagonista, y mucho menos su condición social. Se cree que Lovecraft permaneció virgen hasta su muerte, aunque su mujer desmintió este hecho. Lo cierto es que tal vez desarrollase un cierto temor sagrado y reverencial por el sexo durante su infancia y sus primeros años de adolescencia. También cultivó el ensayo y la poesía. Su correspondencia es tan enorme que se estima en unas 100.000 cartas. Como crítico escribió el horror sobrenatural en la literatura, donde hace un estudio del origen del género de terror desde las novelas góticas del siglo XVIII hasta sus días. Ahí demuestra su admiración por Poe, por Machen, por Dunsany, por Matthew Lewis y su monje terrible, por E.T.A Hoffmann y el doble de los elixires del diablo. Guste o no al lector medio, tenemos que admitir que fue un regenerador del cuento de terror y uno de los autores más importantes de literatura fantástica del siglo XX.

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