El agujero del infierno

Es este un libro compuesto por un autor inglés que se dedicó durante toda su vida a escribir libretos de ópera. Adrian Ross alcanzó la fama con la que sería su única novela, titulada el agujero del infierno.  Ambientada en el siglo XVII en la Inglaterra asediada por las guerras civiles, la ubicación es un castillo a manos del señor de Deeping Hold, situado en una zona de marismas en la         que se abre un agujero que la superstición popular conecta con el infierno. En el interior de ese castillo los protagonistas de la obra quedan atrapados y son atacados por un ente indefinido y abominable. La novela está considerada una de las cumbres del llamado terror sobrenatural, donde encontramos a autores tan destacados como Lovecraft, Hodgson o Machen. Aunque la obra está dedicada a M.R James, colega y amigo de Ross, su atmósfera opresiva está más emparentada con las ficciones de Hodgson y Lovecraft. Cuatro días he tardado en leer este libro, y definitivamente no puedo compartir la opinión general. La novela es simple, muy repetitiva, y con poca acción. El miedo no se siente en ningún momento. Parece que estamos ante una obra gótica, pero el monje de Lewis nos provoca más ansiedad y angustia que este libro deficiente. Recuerdo haber sentido la agitación al leer la sombra sobre Innsmouth de Lovecraft, y esa misma sensación me invadió al leer la casa en el confin de la tierra de Hodgson, al menos hasta la mitad de la novela. Pero este libro resulta tedioso, cansino y sin ninguna originalidad. Ni siquiera sé cómo puede ser considerado un relato de terror. El infierno ha tenido múltiples manifestaciones literarias, desde las cárceles encerradas en los tercetos de la divina comedia, al alcázar de fuego subterráneo del Vathek de Beckford; desde el infierno inmanente del paraíso perdido de Milton, al relato alucinatorio donde su fuego nunca se apaga de May Sinclair, considerado por Borges el mejor cuento que jamás leyó. Es evidente que el género de terror es un género secundario en la literatura, como el género policial. El maestro del cuento de terror es Poe, pero sus historias son muy superiores a las del movimiento gótico de finales del XVIII y principios del XIX. Frankenstein es una obra admirable, con un fondo teológico muy complejo, pero no sentimos miedo ante la criatura, sino compasión por su soledad y amargura. Drácula nos introduce en la mejor obra sobre vampiros jamás escrita, pero la devoción que tenemos por ese libro se debe a la técnica narrativa excepcional, que roza la perfección. Los escolásticos dijeron que la materia apetece la forma, porque la forma es más perfecta y designa la esencia de la cosa. Ante la materia prima, ante lo informe e irreal, el entendimiento sucumbe. Si Adrian Ross hubiese creado una entidad maléfica concreta, en forma de súcubo o de Leviatán, posiblemente estaríamos ante una obra maestra. Desgraciadamente no es así. Nos encontramos ante un libro inexacto, aburrido, con momentos cargados de tedio y sin trama argumental que incite al lector a seguir leyendo. Pocas veces he leído un libro por inercia, pues eso es señal de que la obra no nos gusta. Éste ha sido uno de ellos. Sólo puedo recomendar su lectura a los fanáticos del género de terror. El lector medio puede acudir a otras fuentes de terror más suculentas.

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