Robert Louis Stevenson

Este ensayo biográfico de Chesterton sobre la obra y vida de Stevenson es una muestra más de la versatilidad de Chesterton en el arte del ensayo. Como otros títulos del autor, por ejemplo Robert Browning o Bernard Shaw, Chesterton se adentra en las profundidades del alma del autor. Es curiosa la tesis comparativa entre Poe y Stevenson. Si bien Poe es un maestro en el discurso del terror gótico y de la pesadilla, Stevenson es más bien un optimista que ha renegado de la fe calvinista de sus antepasados. Las fechas de 1850 y 1894 marcan su breve espacio de vida. Terminó muriendo en Samoa y los nativos de las islas lo llamaban Tusitala, el narrador de cuentos. Chesterton observa que los personajes de Stevenson se definen por una estricta simplicidad, lo que conlleva que no sean reales, ya que la vida es compleja. Stevenson siempre va al grano. Sus obras maestras son varias, desde el maestro de Ballantrae hasta la isla del tesoro, desde Markheim, la historia terrible del doble, hasta Jekyll y Hyde, un mismo ser escindido en dos consciencias. Stevenson era ateo, pero tenía un sistema ético en el que sabía que ciertas acciones no pueden ser realizadas por el hombre. Sus contemporáneos eran todos pesimistas, seguidores de las oscuras y tétricas doctrinas de Schopenhauer, en las que una voluntad ciega se encarna en el mundo para producir el dolor y la miseria. Villon, en un verso magnífico, dice que Cristo “ofreció a la muerte su resplandeciente juventud”. Podemos decir que Stevenson entregó a sus lectores una serie de personajes que no morirán. El propio autor defendía la tesis de que los personajes de ficción son sólo una corriente de palabras, “stream of words” y que no tienen realidad fuera del lector que los lee. Chesterton decía que el mundo era una gran novela y que el autor se había encargado de darles mucha importancia a los personajes secundarios. El autor es, como no, Dios. Los personajes secundarios, las criaturas que dependen de él. En el Omar de Fitzgerald se leen los siguientes versos:

 

No somos más que una móvil hilera

de mágicas sombras y formas que vienen y van

alrededor de la pálida linterna sostenida

a medianoche por el Amo del espectáculo.

 

Descartes, en una de sus meditaciones metafísicas, deduce que las partes del tiempo están unas separadas de otras y que de que yo exista en el momento presente no se sigue que deba existir en el siguiente, a no ser que un Ser todopoderoso me mantenga en la existencia y me recree constantemente. Crear y conservar son sinónimos para Dios. Asimismo Stevenson crea  a sus personajes con su pluma, hasta el final de sus historias. Como Augusto Pérez en Niebla de Unamuno, los personajes salidos de la mano de Stevenson no son sino entes de ficción, o entes de razón como lo denominan los escolásticos. Su realidad es mental. Ramanujah consideraba que las ecuaciones matemáticas de gran belleza eran manifestaciones de los pensamientos de Dios. Tal vez la tesis de Berkeley sea cierta y el universo, con todo lo que contiene, no sea sino una gran idea que Dios tiene, un pensamiento o un sueño de la mente universal. Si esta idea es cierta, Stevenson vive para siempre en la eternidad, como ya sus obras han ingresado en el mundo de las Ideas, donde las cosas son pero nunca devienen.

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