La agonía del cristianismo

Sospecho que la obra principal de cuantas escribió Unamuno es el sentimiento trágico de la vida. La agonía del cristianismo es un resumen condensando, o al menos eso dice el autor, de lo allí expuesto. Pero con Unamuno, como con todo buen escritor, cada obra es un mundo nuevo y lleno de significado. En las conmovedoras páginas que componen el ensayo podemos formarnos una opinión de las ideas que atormentaban a Unamuno hasta su muerte: la posible inmortalidad del alma, la existencia o inexistencia de Dios, la fe, la resurrección de los muertos. Su cultura era vastísima. Dominaba con soltura siete idiomas, entre ellos el danés para leer al que denominaba su hermano Kierkegaard.

Unamuno nos habla de los místicos españoles, de santa Teresa y Miguel de Molinos, de Renan y de Pascal, al que Nietzsche denominó el único cristiano lógico. La moral, la idea del bien y del mal más allá de este mundo nos hace creer en una vida ultraterrena. Pero una divinidad que ofrece un sistema de premios y castigos parece del todo contradictorio con el concepto de deidad. El cielo es, como dijo Bernard Shaw, un soborno. Y el infierno una amenaza. Borges no concebía la inmortalidad predicada por Unamuno, sino la que defendía Schopenhauer, la inmortalidad cósmica. Citando a Renan, dice: “la tesis del Fedón no es más que una sutileza. Prefiero con mucho el sistema judeocristiano de la resurrección” Influenciado por el padre Jacinto, la doctrina paulina cala hondamente en él. Agonía significa lucha. Milton escribió su Sansón Agonista, obra que junto al paraíso perdido le haría inmortal entre los escritores ingleses. “Porque si Cristo no resucitó de entre los muertos, somos los más miserables de los hombres” (Corintios I, 15:14) Una fe que no duda es una fe muerta. La duda era lo que atormentaba a Unamuno, el no saber y no tener certeza de nuestro estado tras la muerte. En todas sus novelas manifiesta esa preocupación; en Niebla Augusto Pérez es un personaje de ficción aniquilado por Unamuno, asimismo como Dios aniquila a los hombres al dejar de pensar en ellos. Aquí se percibe el influjo de la doctrina de Berkeley, esse est percipi. Dios es el que sostiene el mundo en su ser, porque percibe continuamente a sus criaturas y las piensa para siempre en la eternidad. Si Dios dejase de pensarnos, aunque fuese durante un segundo, nos desvaneceríamos, como Alicia pudo haber desaparecido al ser un sueño del rey rojo y despertar éste.

La agonía de Unamuno por la lucha por la existencia en la mente divina sigue muy viva. Creo que todo pensamiento de inmortalidad o idea de Dios debe ser planteada al menos una vez en la vida. Unamuno nos permite reflejar nuestra ansiedad en sus obras. En ninguna obra como en esta he visto la desesperación de Unamuno de forma tan manifiesta. Podemos decir sin temor a equivocarnos que Unamuno era un ateo que se creía o quería creerse un agnóstico. Su muerte repentina fue tal vez la mejor manera de dejarnos. Esperemos que Dios se acuerde de él. Mientras tanto sigue viviendo de forma inmortal en sus memorables y magníficas obras.

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