Diez grandes novelas y sus autores

Este pequeño ensayo de Somerset Maugham está lleno de gratas sorpresas para el lector. Conforme pasamos las páginas nos encontramos con las que para Maugham son, según su criterio, las diez mejores novelas de la literatura universal. Entre esos títulos cabe nombrar Moby Dick, de Herman Melville; cumbres borrascosas, de Emily Brönte; los hermanos Karamazov, de Dostoievski; guerra y paz de Tolstoi; Madame Bovary de Flaubert; David Copperfield de Dickens; papá Goriot de Balzac; rojo y negro de Stendhal; orgullo y prejuicio de Jane Austen y Tom Jones de Henry Fielding. Nos sorprende ver que entre esa honorable lista no se encuentre el Quijote, pero es comprensible. El Quijote es un universo en sí mismo lo bastante complejo como para circunscribirlo en unas páginas.

Todo es bello en este singular libro, desde las biografías de los autores hasta los detalles de las influencias literarias que recibieron. Así se nos dice que Jane Austen era una mujer culta que leía a Scott y Byron, y que estaba influenciada en su manera de escribir por la prosa del doctor Johnson. Aprendemos a hacernos una idea de la dura vida de Dickens, que tan bien reflejó en algunas de sus novelas autobiográficas. Asistimos a la intensa vida de Stendhal y a sus dos novelas más reseñables, rojo y negro y la cartuja de Parma, novelas que le valieron al autor la denominación de padre del naturalismo por parte de Zola. Vemos el esplendor de la blancura de la ballena, que se asemeja al Dios del Antiguo Testamento, a quien nadie puede ver sin morir. Acaso esta idea la tomó Melville de Poe y sus aventuras de Arthur Gordon Pym. Conocemos el intenso amor de Heathcliff y Catherine, relación tormentosa y que se desarrolla en el infierno según Dante Gabriel Rossetti. Aprendemos que Henry Fielding hizo sus incursiones en el teatro antes de dedicarse a la novela. Qué decir de Balzac, cuya comedia humana quedó inacabada pero que dejó personajes famosos y eternos como Rastignac y Vautrin. Y Dickens, el mayor novelista de Inglaterra. Tolstoi y Dostoievski también tienen cabida con sus importantes obras. Flaubert buscaba siempre la palabra justa, y creía que la literatura era tan exacta como la geometría. No aceptaba utilizar la misma palabra dos veces en la misma página, siempre tenía que buscar un sinónimo adecuado y exacto. Tolstoi nos legó una serie de personajes inmortales en guerra y paz, y Dostoievski hizo algo similar con Aliosha y los hermanos Karamazov. “Si Dios no existe, todo está permitido”. Con esa frase quería hacer frente al ateísmo y al nihilismo imperantes de su época. Nietzsche dijo que Dostoeivski era el mayor psicólogo que había conocido y que su descubrimiento fue una felicidad mayor que la de Stendhal.

Anécdotas y pequeñas historias de algunos de los mejores escritores de todos los tiempos es de lo que está lleno este magnífico libro. No cabe la menor duda de que el conocimiento de Somerset Maugham de los clásicos era muy elevado. Libro muy recomendable, ameno y entretenido y lleno de buenos momentos para el recuerdo.

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