El cuarto rojo

Hablar del genio de Strindberg resulta ridículo. El padre del teatro moderno, junto con Ibsen, escribió también poesía y novela. El cuarto rojo simboliza el principio del modernismo en Suecia. Precursor del teatro del absurdo, Strindberg sufrió y luchó contra la esquizofrenia, lo que resaltaría en su obra Infierno. Murió en 1912, y más de 50.000 personas acudieron a su funeral. La novela es una bella crítica a la sociedad sueca de la época, pero el protagonista, Arvid Falk, un joven juez de instancias que quiere dedicarse a la literatura y que fracasa para volver luego a su antiguo empleo y dedicarse a la numismática, creo que está inspirado en el personaje de Balzac de las ilusiones perdidas, Lucien de Rubempré. El cuarto rojo recrea el lugar de salvación y reunión de la mayoría de los personajes. Las páginas de esta novela están llenas de amargura y pesimismo, y podemos ver la pesimista doctrina de Schopenhauer latiendo de fondo. Strindberg se interesó por el ocultismo y la alquimia. Tuvo una época de correspondencia con Nietzsche. Su enfermedad le acercó al catolicismo y a un misticismo casi enfermizo. En este sentido podemos ver una correspondencia con la obra de William Blake, visionario y creador de su propio sistema mítico y filosófico. El hermano del protagonista tiene un fondo de humanidad verdadera, aunque su comportamiento sea egoísta y mezquino. Hay artistas representados en la novela, como en el personaje Sellén, pintor de fama efímera y nacional. Algunas páginas quedan para el recuerdo, como el alegato a favor del suicidio consumado de Olle, en las que racionalmente se justifica el suicidio como derecho personal. Sus tesis recuerdan mucho a las empleadas por Hume. John Donne, en su Biathanatos, argumenta que el suicidio no es un homicidio y que Jesucristo se suicidió. Mainlander habla del suicidio cósmico de Dios que dio lugar al nacimiento del universo y que Nietzsche tomaría como base para proclamar su famosa muerte de Dios

Schopenhauer arguye que el principal error de la vida es creer que hemos nacido para ser felices. Los personajes de la novela no transmiten dicha y felicidad sino amargura y desesperación. Reconozco que todo está tratado un poco en tono de broma y sarcasmo, pero Strindberg no deja de ser crítico con la sociedad que le tocó vivir.

La novela es a veces insípida; a veces no sabemos lo que está ocurriendo o las acciones y pensamientos de los personajes son demasiado vagos para que entren en nuestra memoria y en el recuerdo. Strindberg alcanzaría la gloria con el teatro, no con la novela. Es en obras como la señorita Julia donde Strindberg muestra su genio más característico. Fue un genio. Se anticipó en fotografía a técnicas que se revelaron cuarenta años después. Frente al feminismo de Ibsen, Strindberg desarrolló una misoginia y un rechazo hacia las mujeres. La enfermedad no le impidió llevar a cabo su prolífica obra. Leer a Strindberg es penetrar en el mundo nórdico, que tan poco nos es conocido a los mediterráneos. Ibsen, Strindberg y Hansum componen la tríada que todo amante de las letras universales debe leer. Yo confieso que aún no conozco esa trinidad tan bien como debiera.

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