Los muertos

Hay novelas y relatos para el delicioso recuerdo. Pongamos por caso las aventuras de Arthur Gordon Pym del genial Poe; el deleite que nos proporciona la lectura de el hombre que fue jueves de Chesterton; la historia más bella del mundo de Kipling; la historia corta pero intensa de Conrad la laguna; creo no equivocarme si en este selecto elenco colocamos los muertos de Joyce. En 1877 Walter Pater afirmó que todas las artes aspiran a la condición de la música, que es pura forma. Esto ya lo había anotado Schopenhauer en su obra principal el mundo como voluntad y representación al sostener que la música es en sí misma la manifestación suprema de la voluntad, sin necesidad de encarnarse. Cuando terminamos de leer los muertos sentimos la pasión de haber escuchado una bella sonata, pero que nos deja con un sabor agridulce. El protagonista, Gabriel Conroy (nombre tomado de una novela de Bret Harte) llega junto con su esposa Gretta a una fiesta en la que tiene que dar un breve discurso, por lo que se siente un poco nervioso e indispuesto. Su mujer se siente abstraída al escuchar la canción “the Lass of Aughrim.” Es en este momento cuando Joyce emplea su famosa técnica conocida como epifanía. La canción hace que Gretta recuerde el amor que sentía por un chico de diecisiete años llamado Michael Furey, que murió en su intento de concertar una cita con Gretta durante un frío invierno, estando ya gravemente enfermo. El hecho de afrontar el crudo invierno hace creer a Gretta que ésta fue la causa que lo terminó por matar, por lo que se siente culpable y empieza a llorar. De repente empieza a nevar y Gabriel reflexiona sobre el poder que los muertos ejercen sobre los vivos. Los actos de éstos permanecen en la memoria de los vivos. El final del relato, según mi humilde opinión, es uno de los mejores de toda la literatura británica. “Su alma se desvaneció lentamente al escuchar el dulce descenso de la nieve a través del universo, su dulce caída, como el descenso de la última postrimería, sobre todos los vivos y los muertos.”

Dios es una sustancia infinita y eterna, que se expresa en infinitos modos y atributos, según el pensamiento de Spinoza. Creo advertir en Joyce la tesis escotista de la haeccidad, esto es, el modo en el que una sustancia individual se hace única frente a las demás. En la teoría escolástica esto se manifiesta a través de la manera en la que la forma y la materia se unen para formar la sustancia. La nieve simbolizaría un atributo oculto de la divinidad que lo es todo, lo que nos conecta a todos los seres humanos. O visto de otra manera, el sin sentido de la vida que ya proclamase Góngora en sus Soledades.

Schiller, en su oda a la alegría, exclama: Diessen Kuss der ganzen Welt, Seid umschlungen Millionen. [1]En el Sofista, Platón argumenta que no todo puede estar relacionado con todo, pues entonces los contradictorios serían verdaderos, pero tampoco nada puede estar conectado con nada, pues entonces nada sería conocido. Establece la tesis de la symploké, en la que algunas cosas están relacionadas con otras, pero no todas. De alguna forma sentimos que este relato está relacionado con el sentido último del universo, si es que tiene alguno. Dios o la nada. Tertium non datur[2]

[1] Este beso para el mundo entero, abrazaos millones.

[2] No se da un tercer término.

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