El árbol de la ciencia

Coleridge dijo que había tres obras de la literatura universal que tenían un argumento perfecto. Éstas eran Edipo rey de Sófocles, el alquimista de Ben Jonson y Tom Jones de Henry Fielding. Un día y medio he tardado en releer el árbol de la ciencia, novela que bajo mi parecer tiene un argumento también perfecto. Se trata de un libro de carácter psicológico, en el que se narra la vida de Andrés Hurtado. Los críticos ven similitudes con otra obra de Baroja, camino de perfección y su protagonista Fernando Ossorio. La diferencia fundamental radica en que Andrés Hurtado es vencido por la inacción, mientras que Fernando Ossorio aun siendo un ser pasivo, consigue actuar.

En la novela percibimos cómo Baroja piensa a través de Schopenhauer, de Kant y de Nietzsche. La conversación con su tío Iturrioz marca el punto de inflexión de la novela “La justicia es una ilusión humana; en el fondo, todo es destruir, todo es crear.” “Lee a los ingleses; la ciencia en ellos va envuelta en sentido práctico. No leas esos metafísicos alemanes; su filosofía es como un alcohol que emborracha y no alimenta” le dice Iturrioz a Andrés. Éste esta admirado por los descubrimientos de Kant: “pero cuando llegué a comprender que la idea del espacio y del tiempo son necesidades de nuestro espíritu, pero que no tienen realidad; cuando me convencí por Kant que el espacio y el tiempo no significan nada; por lo menos que la idea que tenemos de ellos puede no existir fuera de nosotros, me tranquilicé.” Andrés Hurtado ve el pesimismo de Schopenhauer en los hospitales a los que acude. La temática de su doctorado es el dolor, en su ámbito psicofísico. En cierto sentido, Baroja está viendo a través de los filósofos alemanes, demandando un vitalismo. Yo confieso que no puedo pensar sin Aristóteles, sin Leibniz, sin Hume.

Andrés Hurtado conoce la muerte de su hermano pequeño Luis, que parecía recobrarse de la enfermedad que terminará por matarlo. Esto me hace recordar aquellos versos maravillosos de Browning:

Just when we are safest, there´s a sunset-touch,

A fancy from a flower-bell, some one´s death,

A chorus-ending from Euripides, –

And that´s enough for fifty hopes and fears

As old and new at once as nature´s self,

To rap and knock and enter in our soul,

Take hands and dance there, a fantastic ring,

Round the ancient idol, on his base again,-

The grand Perhaps!

En el mismo momento en que creemos

sentirnos más seguros, los colores

de una puesta de sol, la ensoñación

ante una flor o bien la muerte de alguien,

o los versos finales de algún coro

de Eurípides… Y entonces albergamos

esperanzas sin fin, y también miedos

(todo tan viejo o nuevo en un instante)

que nos asaltan invasoramente

hasta llegar a arrebatar el alma,

se cogen de las manos y en un corro

fantástico se ponen a bailar

alrededor del ídolo de siempre

que vuelve a estar erguido: el gran Quizás.

Andrés lamenta la muerte de su hermano, pero también sufre la muerte de su hijo nacido muerto y de su esposa Lulú, lo que finalmente le lleva al suicidio. Mainlander proclamó la muerte de Dios y dijo que en un principio Dios se destruyó en el no ser, y que de este hecho nació el universo, que tiende hacia la nada según su propia ley del debilitamiento de la fuerza. En esta cosmovisión encaja la vida y la muerte de Andrés Hurtado, pleno nihilismo metafísico. Para mí el árbol de la ciencia se trata de una novela viva, donde la narración fluye y emana con increíble maestría. Tal vez Baroja sea, junto con Unamuno, el mejor novelista de nuestras letras.

 

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