El sentimiento trágico de la vida

Tratar de compilar en unos párrafos la que posiblemente sea la obra principal de Miguel de Unamuno me parece una tarea ardua y difícil. Si hay un tema central en la producción de Unamuno es su ansia de inmortalidad y el conflicto entre fe y razón. El escritor vasco quería creer en Dios y en la inmortalidad del alma, pero la razón se lo impedía. Por otro lado no podía ni deseaba creer que todo su ser se desvaneciese con la muerte. Esta temática vertebra toda la producción de Unamuno (Niebla, Amor y pedagogía, san Manuel bueno, mártir…)

Heidegger habla de que el Dasein es ser para la muerte, “Sein zum Tode”. El ser humano está arrojado en el mundo y experimenta la angustia ante la muerte como miedo a la nada. Unamuno acude a todos los pensadores que han labrado en su imaginación los distintos argumentos sobre nuestra futura inmortalidad: el divino Platón, Spinoza y su conatus, Kant y su moral, Nietzsche y su eterno retorno… Leer estas páginas es adentrarnos en una búsqueda personal de nuestra eternidad. La lucha que existe entre Dios y nuestra conciencia racional está servida. Si existe Dios, ¿de dónde viene el mal? pero si no existe, ¿de dónde viene el bien?

Cada argumento es analizado con estricta minuciosidad: el credo de Nicea, la inmaterialidad del alma, la resurrección de los muertos según la doctrina de Pablo…

Unamuno parece huir de Dios. Francis Thompson, en su the hound of heaven escribe:

I fled Him, down the night and down the days

I fled Him, down the arches of the years

I fled Him, down the labyrinthine ways

Of my own mind, and in the mist of tears

I hid from Him, and under running laughter[1]

[1] Le huía día y noche

a través de los arcos de los años

y le huía porfía

por entre los tortuoso aledaños

de mi alma, y me cubría

con la niebla del llanto

o con la carcajada, como un manto.

Se trata de una persona que huye de Jesucristo. Pero Dios le persigue sin cesar hasta encontrarlo. La crisis existencial que sufrió Unamuno nos hace pensar que en su fuero interno era un ateo convencido, pero siempre queda la duda razonable de si era tan sólo un agnóstico que creía a veces y otras veces dejaba de creer. La idea de la nada le atormentaba más que la del infierno, idea esta terrible. William Cowper, que se sentía objeto de la ira divina y creía estar condenado al infierno, escribió sin embargo:

Hell might afford my miseries a shelter[1]

[1] El infierno podrá dar cobijo a mis miserias

Tal era su desesperación vital. En las intensas páginas que componen esta obra, Unamuno acude a Leopardi, a Tennyson, a Browning, a Kierkegaard. De éste último, al que denomina hermano, cita: “el suicidio es la consecuencia de la existencia del pensamiento puro.” Terribles y tremendas palabras del fundador del existencialismo. Unamuno se embarca en el estudio de la mística cristiana, con santa Teresa, Miguel de Molinos y su quietismo e incluso llega a citar a Jacob Boehme y a Swedenborg. Quiere conocer el estado del alma en el otro mundo, y la nihilidad a la que se puede llegar en este.

Las páginas terminales bien pueden verse como un reflejo desesperado y una lucha contra la nada que nos espera. Amiel, en una entrada de su diario íntimo, escribe: “!Oh silencio, eres pavoroso! ¡Pavoroso como la calma del Océano, que deja hundirse la mirada en sus abismos insondables! Tú nos dejas ver en nosotros profundidades que dan vértigo, necesidades inextinguibles, infinitas, tesoros de sufrimiento y de nostalgia… (28 de abril de 1852)

Y el mismo Unamuno cita una frase de Sénancour en su Obermann: “El hombre es perecedero. Puede ser, más perezcamos resistiendo, y si es la nada lo que nos está reservado, no hagamos que sea esto justicia”

James Thomson, en su largo poema the city of dreadful night, nos dice:

This little life is all we must endure,

The grave’s most holy peace is ever sure,

 We fall asleep and never wake again;

Nothing is of us but the mouldering flesh,

Whose elements dissolve and merge afresh

 In earth, air, water, plants, and other men.[1]

[1] Esta pequeña vida es todo lo que debemos soportar.

la paz sagrada de la tumba siempre es segura,

nos dormimos y nunca volvemos a despertar;

nada es nuestro sino la carne que se moldea,

cuyos elementos se disuelven y vuelven a emerger

en tierra, aire, agua, plantas y otros hombres

Octavio Paz, al enfrentarse a la muerte, dijo: “cuando me enteré de la gravedad de mi enfermedad, me di cuenta de que no podía tomar el camino sublime del cristianismo. No creo en la trascendencia. La idea de la extinción me tranquilizó. Seré ese vaso de agua que me estoy tomando. Seré materia.”

Acaso la inmortalidad que Unamuno encontró al morir no fue la personal, sino la inmortalidad cósmica, la predicada por Schopenhauer y por Borges. Morir en cuerpo y alma.

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