Al este del Edén

Hablar de posiblemente la obra maestra y favorita de Steinbeck me resulta complicado. Afirmó que todo lo que había escrito hasta ese momento era un ensayo para escribir esta fabulosa novela. De todos los personajes que pueblan el libro, el criado Lee me parece el más querido y adorable. Es evidente que Cathy Ames es la más despreciada y odiada, debido a sus maquinaciones y a su falta de moral, pero trata de arrepentirse de sus actos a través de su suicidio. Para Cathy las personas sólo son medios y su concepción del amor bien puede definirse con la frase de William Congreve en su obra “the way of the world”

Love´s but a frailty of the mind, when ´tis not with ambition joined

El amor es debilidad de la mente si no va unido a la ambición.

Steinbeck pone de trasfondo la historia del valle de Salinas, pero el eje central de la trama gira en torno al pecado y al mal. Más en concreto sobre si el pecado es fruto de la predestinación o es una elección libre. Lutero estableció que la naturaleza humana estaba totalmente corrompida y que sólo la gracia divina podía salvarnos. Calvino fue aún más allá: sostuvo la doctrina de la doble predestinación, por la cual habría un número de salvados y otro de condenados desde toda la eternidad por el decreto, inaccesible para la mente humana, de la voluntad de Dios.

Hay pasajes memorables en este libro. Las aportaciones de Lee sobre la palabra Timshel, que en hebreo significa tú podrás, hacen referencia a la posibilidad de gobernar el pecado. Con esta palabra termina la novela, que encierra enseñanzas como que el mal se engendra a sí mismo, mientras que el bien es imperecedero. Asimismo Lee afirma que un hombre vale más que una estrella.

Es digno de reseñar la crítica que hace Steinbeck a la poca cultura de la familia Trask. Samuel Hamilton, personaje de origen irlandés que seguramente también será querido por el lector, tiene una avidez de conocimientos inmensa y lee todo cuanto cae en sus manos. Asimismo Lee quiere hacer realidad su sueño de abrir una pequeña librería. Adam Trask es, en cambio, un hombre sin formación que forja su destino a base de desengaños. Caleb puede verse como el representante del libre albedrío, que puede triunfar sobre un destino preexistente. Plinio el Viejo sostuvo que la divina providencia es incierta, pero creer en ella y en el castigo de los pecados es saludable. William James argumentó que el universo tiene un plan general, pero que las escenas quedan al cargo de los actores. Chesterton dijo que Dios se tomaba muchas molestias con los personajes secundarios, es decir, con sus criaturas.

La disputa teológica de esta obra tiene sus orígenes hace más de 400 años. Durante el siglo XVI, los dominicos y los jesuitas se enfrentaron en relación a cómo conciliar la libertad humana con la presciencia de Dios. Luis de Molina intentaría hallar una síntesis con la creación de la ciencia media, mientras que Domingo Báñez sostendría la premonición física de las criaturas con respecto a su creador.

El eterno debate sigue abierto y Steinbeck nos afirma que la libertad humana prevalece frente a cualquier mandato superior. Los griegos creían en la heimarméne, el encadenamiento universal de todas las cosas. Su representación máxima era la Ananké, la necesidad con la que según Platón el demiurgo creó el universo. Se trata del fatum romano, de las Moiras que establecen las vidas de los hombres y de las Nornas nórdicas. Simónides de Ceos lo dijo claramente: “incluso los dioses no luchan contra Ananké”.

¿Es posible que Cathy Ames se salve en un último momento de arrepentimiento? Jesús perdonó al buen ladrón (Lucas 23:43):”de cierto te digo que hoy estarás conmigo en el paraíso” Según Empédocles, las cosas se unen por el Amor, pero se separan por el Odio, principios constitutivos del cosmos. Es el odio lo que percibimos en Cathy cuando prende fuego a la casa con sus padres dentro, es el rencor lo que la lleva a envenenar a Faye, la prostituta de buen corazón. No por nada Steinbeck la define como malformed soul, “alma deformada”. Esta definición de la corrupción de Cathy me conduce a otro personaje condenado. Se trata de Melmoth, protagonista de la novela Melmoth el errabundo, del escritor Charles Robert Maturin. A los dos los une la contaminación de su alma pervertida, pero Melmoth ha hecho un pacto con el diablo, mientras que Steinbeck no acude a lo demoníaco para plantear el problema del mal en Cathy. Joseph Conrad escribió: “la creencia en una fuente sobrenatural del mal no es necesaria; el hombre por sí mismo es muy capaz de cualquier maldad.” Creo que Steinbeck habría aceptado la frase de Conrad con una alegre sonrisa.

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