Día de los difuntos: palabras de esperanza y consuelo para los familiares que recuerdan a sus seres queridos fallecidos

Ya pasada la pagana noche de Halloween, que es la noche de culto y adoración a los demonios, hoy nos encontramos en otro día de los difuntos, en el que los españoles recordamos a los seres queridos que se fueron hace poco o hace mucho. Ante la tragedia ferroviaria ocurrida recientemente en Urda, los familiares de las víctimas, rotas de dolor, buscan consuelo ante la desesperación y el sufrimiento que esta desgracia les ha causado. Yo, persona creyente en Dios y en Jesucristo (para mí la existencia de Dios es algo autoevidente) también he recordado a mis seres queridos. ¿Cómo podría yo ayudar a esas personas que han perdido a un hijo, a un nieto, a una madre, a una hermana, a una novia o a un amigo ante semejante trance? Y a los supervivientes, ¿cómo podría yo, un joven de Granada de 42 años, infundirles palabras de ánimo ante el trauma que han vivido y que posiblemente cargarán por el resto de sus días? Ante todo, en estos casos, el silencio es la mejor muestra de apoyo. Llorar con ellos, abrazarlos y sencillamente decirles, yo estoy aquí, puedes contar conmigo, es lo que haría si me encontrase ante estas personas. Y dejar que los profesionales actúen. Una vez pasadas estas primeras etapas, que pueden durar años, ya que estas vivencias no se superan y sólo se aprende a vivir con ellas, entonces les diría que leyesen estas palabras que estoy a punto de escribir. La lectura es un método terapéutico cuyo poder de sanación y restauración aún no se ha llegado a conocer del todo. Para los que crean en Dios estas palabras serán un consuelo

No llores si me amas…

¡Si conocieras el don de Dios y lo que es el Cielo!

¡Si pudieras oír el cántico de los Ángeles y verme en medio de ellos!

¡Si pudieras ver desarrollarse ante tus ojos los horizontes,

los campos eternos y los nuevos senderos que atravieso!

¡Si por un instante pudieras contemplar, como yo,

la belleza ante la cual todas las bellezas palidecen!

¡Cómo! ¿Tú me has visto, me has amado en el país de las sombras

y no te resignas a verme y amarme en el país de las inmutables realidades?

Créeme; cuando la muerte venga a romper las ligaduras,

como ha roto las que a mí me encadenaban,

y cuando un día, que Dios ha fijado y conoce,

tu alma venga a este Cielo en que te ha precedido la mía,

ese día volverás a ver a aquel que te amaba y que siempre te ama,

y encontrarás tu corazón con todas sus ternuras purificadas.

Volverás a verme, pero transfigurado,

extático y feliz, no ya esperando la muerte,

sino avanzando contigo,

que me llevarás de la mano por los senderos nuevos de la luz y de la vida,

bebiendo con embriaguez a los pies de Dios

un néctar del cual nadie se saciará jamás.

Enjuga tu llanto y no llores si me amas…

Lo que éramos el uno para el otro, seguimos siéndolo.

La muerte no es nada.

No he hecho nada más que pasar al otro lado.

Yo sigo siendo yo.

Tú sigues siendo tú.

Lo que éramos el uno para el otro, seguimos siéndolo.

Dame el nombre que siempre me diste.

Háblame como siempre me hablaste.

No emplees un tono distinto.

No adoptes una expresión solemne, ni triste,

sigue riendo de lo que nos hacía reír juntos.

Reza, sonríe, piensa en mí, reza conmigo.

Que mi nombre se pronuncie en casa como siempre lo fue,

sin énfasis alguno, sin huella alguna de sombra.

La vida es lo que siempre fue: el hilo no se ha cortado,

¿Por qué habría de estar yo fuera de tus pensamientos?

¿sólo porque estoy fuera de tu vista?

No estoy lejos… tan solo a la vuelta del camino.

Lo ves, todo está bien…

Volverás a encontrar mi corazón, volverás a encontrar su ternura acendrada.

Enjuga tus lágrimas y no llores si me amas.

Con todo mi cariño, con toda tu alegría

Estas palabras fueron escritas por Agustín de Hipona a su madre Mónica. Quisiera cerrar esta entrada con dos textos bíblicos, llenos de esplendor y belleza

«No os maravilléis de esto; porque vendrá hora cuando todos los que están en los sepulcros oirán su voz; y los que hicieron lo bueno, saldrán a resurrección de vida; mas los que hicieron lo malo, a resurrección de condenación». (Juan 5:28-29)

La voz de la que habla el versículo es la de Jesucristo. La condenación no es el castigo infernal. Dios es misericordioso y da segundas oportunidades. Todos los muertos van a resucitar, sin excepción.

«Enjugará Dios toda lágrima de los ojos de ellos; y ya no habrá muerte, ni habrá más llanto, ni clamor, ni dolor; porque las primeras cosas pasaron» (Apocalipsis 21:4)

Esta es la promesa de Dios de acabar con la muerte, el dolor, el lamento y el sufrimiento humanos. Las cosas anteriores es el orden actual, que está gobernado por Satanás y sus demonios. Ese orden de imperfección y pecado desaparecen para siempre en el nuevo orden divino.

Cristo dijo: ἐγώ εἰμι τὸ φῶς τοῦ κόσμου «Yo soy la Luz del mundo» (Juan 8:12)

Estas cosas yo os hablo con conocimiento de causa. Seamos pues la Luz del mundo para aquellos que se encuentran desamparados.

Granada, a 2 de noviembre de 2026

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