Estamos a 23 de abril, día mundial del libro. La humanidad ha avanzado progresivamente desde que se pusieron por escrito los primeros documentos de la historia. El libro de los libros, la Biblia, es inspiración del Espíritu Santo. En un versículo de Apocalipsis se lee que al final de los tiempos se desenrollarán los libros de cada ser humano, donde se han escrito las obras, y conforme a ellas ocurrirá el Juicio (Apocalipsis 20:12). Desde Sumeria y Babilonia hasta nuestros días, la historia de la humanidad se ha registrado en volúmenes exactos, donde están compilados los conocimientos de miles de años. En un principio se prefería la oralidad: La Ilíada y la Odisea eran cantos recitados que se fueron almacenando en la memoria de los hombres de generación en generación. El mismo Platón critica en el Fedro el uso de la escritura, ya que un libro no responde a nuestras preguntas y se queda en silencio como una estatua. La tradición oral fue perdiendo fuerza hasta que se instauró la imprenta de Gutenberg (recordemos que los cantares de gesta de la Edad Media se recitaban en las cortes, donde los juglares luego ponían por escrito lo cantado en palacio). Con la célebre frase de Cayo Tito, verba volant, scripta manent (las palabras vuelan, lo escrito permanece) se quiso subrayar el hecho de poner por escrito los acuerdos que se hacían. De aquí que en Derecho se diga que lo que no está escrito no existe en el mundo. Carlyle dijo que que la historia universal es el libro donde nosotros leemos y escribimos y, lo más importante, también nos escriben. Chesterton hizo una analogía muy bella entre Dios como escritor del mundo y los actores secundarios que somos los hombres que habitamos la populosa novela cuyo autor, El Ser infinito y Eterno, se complace en contar a través de siglos y milenios. ¿Qué son los libros, sino entes de ficción que realmente viven en nuestro espíritu mientras los leemos? ¿Qué es un verso, sino el sentimiento del autor transmitido a cada uno de los lectores en el momento en que lo pronuncia? ¿No son acaso reales las emociones que tenemos al leer el conmovedor final del Quijote, la visión beatífica de Dante o los coros celestiales del final del Fausto de Goethe? ¿No sentimos la pena en las miserias de las novelas de Dickens? ¿No percibimos la piedad y la compasión en la historia de Jean Valjean y Fantine, esa novela de Hugo que fue la Biblia del XIX? ¿No sentimos a la divinidad en los Four Quartets de Eliot? ¿No nos precipitamos al vacío en el Ulises de Joyce? ¿No somos nosotros también hipócritas lectores como dice Baudelaire en las flores del mal? ¿No vivimos la desesperación de Virginia Woolf? ¿Creemos en los mundos imaginarios de Lovecraft, en la psicopatología de Poe, que generó un mundo de pesadillas y horrores y en la maldad innata del hombre y de Dios, como escribía Sade?
Porque como dijo Mallarmé, le monde existe pour aboutir à un beau livre.
Feliz día del libro. Granada, a 23 de abril de 2026