La sombra del ciprés es alargada

Dos días he tardado en leer esta novela de Miguel Delibes, su opera prima. Decir que Pedro, el personaje central, me ha recordado a algunos héroes de Pío Baroja, tal vez no tenga mayor importancia. Ambos autores tratan del tedio vital y del pesimismo intrínseco de la existencia humana. Delibes nos dice de don Mateo, el maestro de Pedro, que “era enemigo de conceptos generales, de ideas abstractas. Él quería el conocimiento particular y concreto.” La historia es la ciencia de los hechos particulares. Y podemos deducir que Pedro es un personaje totalmente histórico, hijo de las enseñanzas de don Mateo y de su educación infantil.

Emile Zola, en su ensayo El naturalismo, escribe, citando a Claude Bernard: “la naturaleza de nuestro espíritu nos impulsa a buscar la esencia o el porqué de las cosas. En esto, tendemos más allá del límite que podemos alcanzar; pues la experiencia nos enseña pronto que no debemos traspasar el cómo, es decir, la causa próxima o las condiciones de existencia de los fenómenos.” La voluntad de Pedro de convertirse en un ser inactivo, sin deseos y carente de relaciones personales puede basarse en el aserto anterior. Prefiere no empezar algo antes que no llegar a terminarlo. La muerte de Alfredo ilumina a Pedro. Pero todo cambia cuando conoce a Jane y siente el amor. Este viraje le convierte en alguien con metas, optimista y con una felicidad “duradera”. Se casan y Jane queda embarazada cuando la tragedia acomete su golpe mortal. Jane muere en un inesperado accidente de coche. “Hay una verdad sobre todas que se nos impone con carácter de fatalidad: Dios”. Me atrevo a aventurar una analogía con las obras de Thomas Hardy. En sus novelas los personajes parece que escapan de su espantoso medio y pueden vencer al destino, cuando éste los destroza en todo su ser. En su famoso poema  Hap, Hardy deja escritos estos inmortales versos:

If but some vengeful god would call to me

From up the sky, and laugh: “Thou suffering thing,

Know that thy sorrow is my ecstasy,

That thy love’s loss is my hate’s profiting!”[1]

Si algún dios vengativo me llamase

Desde lo alto del cielo y riera: “tú, cosa que sufres,

Sabe que tu tristeza es mi éxtasis

Que la pérdida de tu amor es el beneficio de mi odio

“Natura non contristatur” – La naturaleza no se aflige – escribe Schopenhauer en su obra principal El mundo como voluntad y representación. Meliso dijo en el siglo V a.c que “la realidad no sufre dolor”. Almafuerte, con gran indiferencia, dice: “la felicidad humana no ha entrado en los designios de Dios” Todos estos dictámenes parecen converger en Pedro, quien se resigna a una vida sin esperanza. Doña Sole, uno de los personajes secundarios que amueblan la novela, expresa: “Todo está regido por un perfecto equilibrio… Ésta es la ley del contraste que rige el mundo. Pero al mismo tiempo es la razón de que todo, todo, tenga su sentido en el universo”

Heráclito dice: “Son uniones: lo entero  y lo no entero; lo concorde y lo discorde, lo consonante y lo disonante, y del todo el uno y del uno el todo.” (Fragmentos, 10)

La armonía de los contrarios es la ley que rige el universo, pero en el universo de Pedro no hay sino tristeza, pena y desesperación. El Dios que nos dibuja Delibes, si es que existe, debe ser similar al concepto de Hardy: “Dios, una cosa soñadora, oscura, boba, que hace girar la manija de esta frívola existencia.” En el caso de Pedro, no podemos aplicar la célebre y verdadera frase de Tennyson:

“ ´Tis better to have loved and lost

Than never to have loved at all.”

 Es mejor haber amado y perdido, que no haber amado nunca.

La soledad del hombre ha sido cantada por Holderlin, por Rilke y por Keats, entre otros. Pedro es un personaje solitario, desprendido del mundo que le rodea, un místico atado a la divinidad. El libro está plagado de un objetivo realismo. Sólo me basta citar un par de frases: “el no ser desgraciado ya es disfrutar bastante felicidad en la tierra” “Advertí que las cosas empiezan a gustarnos cuando necesariamente tenemos que desprendernos de ellas”. Racine, en su Fedra, dice: “la muerte es el único Dios que me atrevo a implorar.” idea retomada por Swinburne en su famoso verso: “there is no God found stronger than death”: no se halla Dios más poderoso que la muerte. Abocado al aislamiento, percibo en Pedro la tesis de Heidegger de que el ser humano está arrojado al mundo. Alguna vez, sentimos tímidamente la presencia del pecado original, que nos conduce a Kierkegaard… “Y por encima aún me quedaba Dios.” Así concluye este bello libro de carácter metafísico.

Pero Pedro es también un marino que conoce el océano. Sabe que no puede estar solo para siempre, pues “nada puede existir en el mundo sin una relación de dependencia, de coordinación o de mando”. Esperemos que el principio de causalidad sea su última salvación.

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