Canto a Teresa: José de Espronceda

Descansa en paz
              ¡Bueno es el mundo, bueno, bueno, bueno!
              Como de Dios al fin obra maestra,
              Por todas partes de delicias lleno,
              De que Dios ama al hombre hermosa muestra.
              Salga la voz alegre de mi seno
              A celebrar esta vivienda nuestra;
              ¡Paz a los hombres! ¡gloria en las alturas!
              ¡Cantad en vuestra jaula, criaturas!
                    —María, por Miguel de los Santos Álvarez

¿Por qué volvéis a la memoria mía, 

tristes recuerdos del placer perdido, 

a aumentar la ansiedad y la agonía 

de este desierto corazón herido? 

¡Ay!, que de aquellas horas de alegría 

le quedó al corazón sólo un gemido, 

y el llanto que al dolor los ojos niegan 

lágrimas son de hiel que el alma anegan. 

¿Dónde volaron, ¡ay!, aquellas horas 

de juventud, de amor y de Ventura, 

regaladas de músicas sonoras, 

adornadas de luz y de hermosura? 

Imágenes de oro bullidoras, 

sus alas de carmín y nieve pura, 

al son de mi esperanza desplegando, 

pasaban, ¡ay!, a mí alrededor cantando.

………….

¡Ay!, en el mar del mundo, en ansia ardiente 

de amor volaba; el sol de la mañana 

llevaba yo sobre mi tersa frente, 

y el alma pura de su dicha ufana; 

dentro de ella, el amor, cual rica fuente 

que entre frescuras y arboledas mana, 

brotaba entonces abundante río 

de ilusiones y dulce desvarío. 

Yo amaba todo: un noble sentimiento 

exaltaba mi ánimo y sentía 

en mi pecho un secreto movimiento, 

de grandes hechos generoso gula; 

la libertad, con su inmortal aliento, 

santa diosa, mi espíritu encendía, 

continuo imaginando en mi fe pura 

sueños de gloria al mundo y de ventura

……….

¡Ay!, aquélla mujer, tan sólo aquélla, 

tanto delirio a realizar alcanza, 

y esa mujer, tan cándida y tan bella,

es mentida ilusión de la esperanza; 

es el alma que vívida destella 

su luz al mundo cuando en él se lanza, 

y el mundo con su magia y galanura, 

es espejo no más de su hermosura. 

Es el amor que al mismo amor adora, 

el que creó las sílfides y ondinas, 

la sacra ninfa que bordando mora 

debajo de las aguas cristalinas; 

es el amor, que, recordando, llora 

las arboledas del Edén divinas; 

amor de allí arrancado, allí nacido, 

que busca en vano aquí su bien perdido. 

¡Oh llama santa! ¡Celestial anhelo! 

¡Sentimiento purísimo! ¡Memoria 

acaso triste de un perdido cielo, 

quizá esperanza de futura gloria! 

¡Huyes y dejas llanto y desconsuelo! 

¡Oh, qué mujer! ¡Qué imagen ilusoria 

tan pura, tan feliz, tan placentera, 

brindó el amor a mi ilusión primera…! 

¡Oh, Teresa! ¡Oh dolor! Lágrimas mías, 

¡ah!, ¿dónde estáis, que no corréis a mares?

¡Oh!, los que no sabéis las agonías 

de un corazón que penas a millares, 

¡ay!, desgarraron y que ya no llora, 

¡piedad tened de mi tormento ahora! 

¡Oh, dichosos mil veces, si, dichosos 

los que podéis llorar! y, ¡ay, sin ventura 

de mí, que entre suspiros angustiosos 

ahogar me siento en infernal tortura! 

¡Retuércese entre nudos dolorosos 

mi corazón, gimiendo de amargura! 

También tu corazón, hecho pavesa, 

¡ay! llegó a no llorar, ¡pobre Teresa! 

¿Quién pensara jamás, Teresa mía, 

que fuera eterno manantial de llanto 

tanto inocente amor, tanta alegría, 

tantas delicias y delirio tanto? 

¿Quién pensara jamás llegase un día 

en que perdido el celestial encanto 

y caída la venda de los ojos, 

cuanto diera placer causara enojos? 

Aún parece, Teresa, que te veo 

aérea como dorada mariposa, 

ensueño delicioso del deseo, 

sobre tallo gentil temprana rosa, 

del amor venturoso devaneo

angélica, purísima y dichosa, 

y oigo tu voz dulcísima, y respiro 

tu aliento perfumado en tu suspiro. 

Y aún miro aquellos ojos que robaron 

a los cielos su azul, y las rosadas 

tintas sobre la nieve, que envidiaron 

las de mayo serenas alboradas; 

y aquellas horas dulces que pasaron 

tan breves, ¡ay!, como después lloradas, 

horas de confianza y de delicias, 

de abandono y de amor y de caricias. 

Que así las horas rápidas pasaban, 

y pasaba a la par nuestra ventura; 

y nunca nuestras ansias las contaban, 

tú embriagada en mi amor, yo en tu 

hermosura. 

Las horas, ¡ay!, huyendo nos miraban, 

llanto tal vez vertiendo de ternura; 

que nuestro amor y juventud veían, 

y temblaban las horas que vendrían. 

Y llegaron, en fin; ¡oh!, ¿quién, impío 

¡ay!, agostó la flor de tu pureza? 

Tú fuiste un tiempo cristalino río, 

manantial de purísima limpieza; 

después torrente de color sombrío

rompiendo entre peñascos y maleza, 

y estanque, en fin, de aguas corrompidas, 

entre fétido fango detenidas.

——————

¿Cómo caíste despeñado al suelo, 

astro de la mañana luminoso? 

Ángel de luz, ¿quién te arrojó del cielo 

a este valle de lágrimas odioso?

Los años, ¡ay!, de la ilusión pasaron; 

las dulces esperanzas que trajeron 

con sus blancos ensueños se llevaron 

y el porvenir de oscuridad vistieron; 

las rosas del amor se marchitaron, 

las flores en abrojos convirtieron, 

y de afán tanto y tan soñada gloria 

sólo quedó una tumba, una memoria. 

¡Pobre Teresa! ¡Al recordarte siento 

un pesar tan intenso…! Embarga impío 

mi quebrantada voz mi sentimiento, 

y suspira tu nombre el labio mío; 

para allí su carrera el pensamiento, 

hiela mi corazón punzante frío, 

ante mis ojos la funesta losa 

donde, vil polvo, tu beldad reposa.

Y alegre, audaz, ansioso, enamorado, 

en tus brazos en lánguido abandono, 

de glorias y deleites rodeado 

levantar para ti soñé yo un trono; 

y allí, tú venturosa y yo a tu lado 

vencer del mundo el implacable encono, 

y en un tiempo, sin horas ni medida, 

ver como un sueño resbalar la vida.

. ¡Ay! Yo, 

entretanto, 

dentro del pecho mi dolor oculto, 

enjugo de mis párpados el llanto 

y doy al mundo el exigido culto; 

yo escondo con vergüenza mi quebranto, 

mi propia pena con mi risa insulto, 

y me divierto en arrancar del pecho 

mi mismo corazón, pedazos hecho. 

Gocemos, si; la cristalina esfera 

gira bañada en luz: ¡bella es la vida! 

¿Quién a parar alcanza la carrera 

del mundo hermoso que al placer convida? 

Brilla radiante el sol, la primavera 

los campos pinta en la estación florida; 

truéquese en risa mi dolor profundo… 

Que haya un cadáver más, ¿qué importa al 

mundo? 

Granada, a 11 de abril de 2026

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