La superstición del escéptico

Este libro de las polémicas y debates filosóficos que Chesterton mantuvo con los contemporáneos de su época es una buena aproximación a su pensamiento esencial, a su defensa del catolicismo y a las premoniciones, por no decir profecías, que él auguró y que ahora se están cumpliendo.

La obra de Chesterton es multiforme y heterogénea, como un Proteo viviente. Desde sus biografías maestras hasta su obra obra ensayística, sin dejar de lado su talento narrativo y su obra poética, diríamos con certeza que Chesterton es ante todo un pensador tradicional, un genio de la ironía y como se le denominó, «el príncipe de las paradojas«.

Hecha esta breve introducción, paso a reseñar las partes más importantes y decisivas del libro:

En la primera parte, Chesterton hace un análisis de la religión y una crítica del puritanismo de Inglaterra. Debate contra Coulton, historiador británico medievalista y ferviente anti-católico. El cristianismo de Chesterton es orgánico. En sus tesis principales Chesterton sigue el pensamiento de Tomás de Aquino, que es la doctrina oficial de la Iglesia Católica. Chesterton arguye con lógica que la Reforma luterana condujo a la propia prisión de los reformadores, al encerrar a Dios en la conciencia personal. Efectivamente, con Lutero Dios queda encapsulado en la conciencia subjetiva del hombre (sus epígonos llegarán hasta el pietismo y la moralidad kantiana). Este paso de la objetividad de Dios a la subjetividad humana ya aparece en la crisis de la escolástica del siglo XIV, principalmente con Ockham. Ockham, al aplicar su navaja, destruye las esencias y todo queda en un juego de palabras o de nombres, un «estricto» nominalismo que desmorona el orden del ser: no hay nada bueno ni malo en esencia, todo depende de la voluntad divina, no de su entendimiento y la razón no puede probar la existencia de Dios, sino que esta queda reducida a la fe. (También Ockham duda, al menos en parte, del principio de causalidad).

Yo diría que Lutero es el puente entre la Edad Media y la Modernidad, y el auténtico iniciador de esta. Cuando Descartes deduce el «cogito ergo sum» en su discurso del método, ya ha ocurrido el trasvase de la realidad objetiva de Dios a la realidad subjetiva de la autoconciencia. Desde este momento, el hombre no puede salir de su cabeza y todo el mundo exterior se pone en duda, ya que la duda cartesiana se extiende a todo, hasta tal punto que hay un genio maligno que hace que las certezas más evidentes sean puestos en duda (la hipótesis del genio maligno la toma Descartes del granadino Francisco Suárez, que en su obra Disputaciones metafísicas, en la IX disputación, propone la existencia de un ángel muy poderoso que nos hace tomar por falso lo que deberíamos considerar como verdadero). Descartes salva este punto de no retorno con la veracidad divina, garante de la existencia del mundo material y externo y de nuestras percepciones claras y distintas.

Hecho este giro subjetivista, la filosofía entrará en su camino hacia el idealismo y el fenomenalismo que conducirá a la destrucción de la metafísica y a la actual postmodernidad. Frente a esta deriva idealista, Chesterton sostiene un realismo escolástico, un hilermorfismo aristotélico filtrado por las lentes de Tomas de Aquino y una defensa de la ley natural y del distributismo, defendiendo los ideales y las aportaciones de la Edad Media no como un periodo oscuro, sino como una etapa de trasmisión del saber.

Ahora paso al debate, a mi juicio más polémico, que tuvo Chesterton en toda su carrera. Se trata de la disputa con Bernard Shaw acerca de la concepción de Dios. Shaw era ateo, creyente y defensor del evolucionismo de Darwin, y sostenía la tesis de que «God is in the making» «Dios se está haciendo«, esto es, que Dios no es un Ser perfecto y acabado, sino que está en devenir, es cambiante y fruto de la ideología humana. Por lo tanto, así como la sociedad ha ido cambiando con el paso del tiempo, así también cambia Dios. Esta doctrina lleva al relativismo moral más extremo que vivimos en nuestros días, un regreso a Protágoras y a Gorgias con la tesis de que la verdad es relativa y de que yo tengo mi verdad. Frente a los sofistas, que tomaron el lema de Protágoras «el hombre es la medida de todas las cosas, de las que son en tanto que son, y de las que no son en tanto que no son», Platón alzó la voz y dijo que es Dios, y no el hombre, la medida de todas las cosas. Shaw de alguna manera debió verse influido por el vitalismo y el espiritualismo de la filosofía de Bergson, el «élan vital«, el impulso creador que hace bola de nieve consigo mismo y que ha dado lugar a esta realidad y a este mundo. Chesterton en cambio defiende la doctrina bíblica. Hay leyes eternas y absolutas. Chesterton se puso del lado de Platón frente a la sofistería de Shaw. El bien y el mal no son relativos, no cambian con las circunstancias. El Decálogo es igual de válido ahora que cuando Yahvé se lo reveló a Moisés en forma de zarza ardiente. He aquí un análisis filológico esencial. Cuando en Éxodo 3:14 Dios dice a Moisés «Yo soy el que soy» en griego está traducido como «Ego eimi to on«, que puede traducirse por «Yo soy lo que es» o mejor aún «Yo soy el Ser» (En el resto de idiomas la traducción es como en español :»ego sum qui sum«, «I am that I am«, «Ich bin der ich bin«. La traducción quiere revelarnos que Dios es el Ser Eterno trascendente fuera del tiempo y el espacio. Pero lo más curioso es que en hebreo la expresión «Ehyeh asher ehyeh» puede traducirse como «soy el que seré», es decir, que siempre estará ahí, aunque pasen millones de años o un tiempo infinito. Chesterton esboza la objetividad y el carácter absoluto de las leyes morales, casuística aparte.

Tras el debate de Shaw viene el que Chesterton tuvo con Bertrand Russell. Este oponente es de naturaleza contraria a Shaw, no obstante a ser ambos dos genios, uno en el ámbito literario y otro en el matemático-filosófico. La controversia versaba sobre si los padres debían educar a sus hijos o debían hacerlo institutrices a costa del Estado. Hablaré un poco de la biografía de Russell para poner en contexto la disputa.

Bertrand Russell procedía de una familia noble y desde muy joven fue un apasionado de la filosofía y las matemáticas. Durante sus años de juventud fue seguidor de la doctrina de Hegel, pero conforme fue avanzando en sus estudios se apartó de la metafísica y se adentró en el campo de la lógica-matemática y la filosofía analítica. Su mayor logro fue descubrir una paradoja en la teoría de conjuntos que lleva su nombre y que quebró los fundamentos de la matemática y la obra de Frege (Frege dijo que no volvería a escribir nada más tras descubrir Russell la paradoja a la que conducía su teoría). Resumidamente redescubrió la paradoja del mentiroso pero a nivel matemático. Intentó fundamentar las matemáticas en la lógica con la ayuda de Whitehead en su obra conjunta «Principia Mathematica«. Sin embargo, el karma le golpeó con fuerza cuando Gödel demostró «el teorema de incompletitud» y vio frustrada su titánica labor, como había hecho él con Frege.

Russell fue premio Nobel de Literatura y estuvo muy implicado en causas políticas y sociales. En su disputa con Chesterton sostiene que es mejor que los niños sean educados por extraños, ya que los padres suelen influir, condicionar y hasta determinar el pensamiento de sus hijos con su ideología, y pone el caso de Stuart Mill con su padre. Chesterton, por el contrario, sostiene que la familia es el pilar de la sociedad y que lo que los padres aportan al educar a sus hijos es afecto y apego, cosa que no pueden hacer las institutrices.

Los últimos ensayos del libro tratan de la creencia en los milagros, de cómo la Edad de la Razón trató de destruir la fe y cómo la diosa Razón llevó al descalabro que ya se vivía en las primeras décadas del siglo XX.

Quiero terminar esta reseña haciendo una apología de Chesterton y su cristianismo. Además de sus amplios conocimientos literarios, Chesterton construyó una filosofía basada en la fe, y una sólida fe en la razón. Yo, como filólogo, alabo sus relatos del Padre Brown, sus ensayos literarios, sus novelas imperecederas, sus poemas espléndidos, su labor como crítico literario, su amplio conocimiento de los clásicos ingleses, de Shakespeare, de Dickens, de Tennyson, de Thackeray. Sus biografías de Tomás de Aquino y de San Francisco de Asís y sus reseñas de autores olvidados como Hugh Walpole, Arnold Bennett, Thomas Hardy o Housmann. Su ensalzamiento de Don Quijote, su opinión sobre Dante. Y el grandísimo trato a sus contemporáneos, aunque estuvieran en las antípodas ideológicas o políticas. Chesterton está entre los grandes escritores del siglo XX; contemporáneo de Shaw, de Wells, de Henry James, de Kipling, no es inferior a ninguno de ellos.

Conocí la obra de Chesterton gracias a mi amado y venerado Borges, que fue uno de los escritores que lo dio a conocer en el mundo de habla hispana. Termino esta reseña compartiendo unos versos de Chesterton, tal vez su faceta menos conocida, pero a la vez la más impresionante:

«Marble like solid moonlight

gold like frozen fire«

«Mármol como luz de luna sólida

oro como fuego congelado«

Estos versos corresponden a «The ballad of the White Horse«. A Chesterton se le puede aplicar la sentencia de Tácito en su obra Agrícola:

«Non cum corpore extinguuntur magna animae»

No con el cuerpo mueren las grandes almas

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