Las muertes concéntricas

La vida de Jack London fue corta pero intensa. Nació en 1876 en San Francisco. Su verdadero nombre era John Griffith. Fue buscador de oro en Alaska como Stevenson lo fue en California. De joven fue soldado y luego pescador de perlas, lo que emplearía en el relato que forma parte de esta colección, la casa de Mapuhi. Vestido de pordiosero, conoció la miseria y la dureza de los barrios más sórdidos de Londres. De esta aventura saldría el libro The People of the Pit (la gente del foso). Sus libros fueron traducidos a casi todas las lenguas. Tal vez su obra más famosa sea The Call of the Wild, conocida en español como la llamada de lo salvaje o la llamada de la naturaleza. Pero no podemos olvidar otras como Before Adam (antes de Adán), novela en la que un hombre recupera en sueños fragmentarios las perdidas vicisitudes de una de sus vidas prehistóricas. Cinco son los relatos que componen esta antología. En la casa de Mapuhi se revela la importancia de una perla que resulta ser la verdadera protagonista del desastre natural. La ley de la vida nos revela un destino atroz, aceptado por todos con naturalidad y hasta con elocuencia. Cara perdida nos muestra la salvación de un hombre ante la tortura por medio de un artificio prodigioso. Los secuaces de Midas detalla el mecanismo despiadado de una sociedad de anarquistas. La sombra y el relámpago trata sobre un motivo que H.G Wells haría famoso en su novela el hombre invisible: la posibilidad de que algo pueda ser invisible a los ojos del ser humano.

En Jack London se encontraron dos ideologías contrapuestas. La tesis de Darwin de la supervivencia del más apto y su infinito amor hacia la humanidad. La labor de Jack London la prosigue y la exalta Hemingway aunque de otra manera. Sobre la sombra de Jack London se ciernen dos personajes imprescindibles: Kipling y Nietzsche. Conviene sin embargo hacer una matización. Kipling vio en la guerra un deber y no cantó nunca la victoria sino la paz que trae la victoria y los rigores bélicos. Nietzsche agregó que todos los imperios no son más que una tontería. London y Hemingway eran apóstoles de la violencia. Ambos se arrepintieron de ese esplendor de la violencia por la violencia e intentaron buscar amparo en el suicidio. No conocemos la opinión que London le generó a Hemingway, pero podemos decir que eran hermanos de sangre. Jack London murió a los cuarenta años. Tal vez encontró en la muerte la paz de la nada, la anhelada consecución del Nirvana budista. Agotó todas las posibilidades del cuerpo y del espíritu.

Los relatos que conforman esta antología fueron traducidos por Borges en parte, y en ellos encontramos la felicidad que todo ser humano busca y anhela. Como siempre la literatura sobrepasa los límites de la realidad. Schopenhauer dejó escrito: la fe es como el amor, no se puede imponer. Al lector de estos relatos no se le puede imponer la dicha, pero creemos que la hallarán durante su apasionada lectura.

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